Me gusta escribir en el blog, pero me gustaría más que algún editor me diese un poco de espacio en un periódico. Y que me pagase por ello.
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viernes, 25 de enero de 2013

Pesquisas sobre la masacre en la universidad

Hechos
Dos explosiones sacuden la Universidad de Alepo el 15 de enero, primer día de exámenes. Por lo menos 87 personas mueren y decenas resultan heridas. Lo que sigue es un estudio de caso.

Observaciones
El campus universitario está situado en el lado de Alepo controlado por el régimen, no en la zona rebelde. El viernes anterior al bombardeo hubo una manifestación estudiantil contra el propio régimen.  Muchos refugiados se hospedan en los dormitorios universitarios.

Antecedentes
El grupo islamista opositor Jebhet al Nusra ha atentado con coches y camiones bomba en muchas ocasiones contra objetivos militares del régimen, pero no directamente contra civiles. Aun así, sus bombas sí que han matado a civiles en las immediaciones de los ataques.

Por su parte, las zonas de Alepo (y de todo el país) controladas por los rebeldes, son bombardeadas diariamente por los aviones y helicópteros del régimen. Incluso se han documentado ataques con misiles SCUD y otros de gran potencia. Los rebeldes no poseen capacidad aérea.

Autoría
El régimen señala a los islamistas como autores del atentado. En un primer momento se dice que han utilizado coches bomba, pero no se aportan pruebas. Con la aparición del siguiente video, tal posibilidad queda descartada. A todas luces, parece un misil:



Por su parte, el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, que documenta a diario las víctimas del conflicto, concluye que es un ataque aéreo del régimen el causante de las detonaciones. Su investigación se basa en entrevistas a testigos presenciales, que aseguran haber visto un avión sobrevolando la zona.  

¿Por qué iba el régimen a bombardear con aviones un objetivo que está en su zona?
A estas alturas, ya nada de lo que pueda hacer el régimen es sorprendente. Además, tiene ahí a su aparato de propaganda para intentar culpar a los grupos opositores, que califica de terroristas. De hecho, en este caso recibió la ayuda de Rusia, que a través de su ministro de exteriores, Sergei Lavrov, tildó de sacrílegos a los que acusaban al régimen de Al Assad del ataque.  

Entonces los rebeldes han tirado un misil...
En esta argumentación, aparecida en rebelion.org, se baraja la posibilidad de que los rebeldes hayan sido los que hayan tirado los misiles. Para dar fuerza a dicha hipótesis, dicen que los rebeldes ya han disparado misiles y cohetes en alguna ocasión. Como prueba, ponen un link a esta foto de Elias Edouard.

Cohete artesanal de los rebeldes. Alepo 2013.
Bien, he hablado con el fotógrafo. Me comenta que también vio cómo uno de los misiles de esa misma serie impactaba en el suelo justo tras salir y que el daño que causó era muy pequeño. Elias sigue con lo siguiente: "Esos misiles, más bien cohetes, no son suficientemente precisos. Uno de cada tres iba en dirección contraria al objetivo. No creo que puedan causar tanto destrozo. Además, se lanzan desde lejos, 4-5km, [...] Alcanzar un edificio concreto en una ciudad no es realmente posible."

Elias no es un experto, pero los que sí lo son y siguen el conflicto sirio no han documentado todavía que los rebeldes tengan misiles lo suficientemente potentes como para causar tanto destrozo. Si que manejan artillería, incutada en bases militares conquistadas, pero en ningún caso misiles balísticos de precisión de tanta potencia. Yo mismo he visto cohetes artesanales en Alepo, que sí que disparan a zonas del régimen.

¿Misil o avión? 
En los videos e imágenes se puede ver a gente mirando al cielo en el momento de las explosiones o tras ellas, pero hasta la fecha no hay acuerdo al respecto. Vamos con las coclusiones finales que he ido viendo por ahí, todas basadas en el video que he colgado al pincipio de este post:

-The New York Times sugiere que fueron misiles tierra - tierra. Aporta pruebas de que el régimen ha utilizado misiles balísticos y apunta a que, si bien pueda ser un ataque intencionado, también puede ser que hayan errado con el objetivo. No descarta que haya sido un ataque aéreo.

-Enduring America, una publicaión sobre la política exterior norteamericana, hace un completo estudio de caso y llega a una conclusión: "Todos los expertos que hemos consultado coinciden, con certeza, en que se trata de un ataque aéreo". Para esta publicación, la clave de la cuestión está en el audio. El único problema de este artículo es que, pese a que la argumentación es bastante lógica y trabajada, no da nombres de fuentes.  

Periodismo
A raíz los dos artículos citados anteriormente, sus autores (Robert Mackey del NY Times y James Milner de Enduring America) se enredan en una discusión apasionante en Twitter en la que cada uno defiende su tesis:


Mackey da una lección de periodismo a Milner en la conversación, pero ambos coinciden en que las explosiones han sido causadas por misiles. Milner defiende que desde un avión y Mackey que desde tierra. Probablemente, siempre nos quedará la duda. En cualquier caso coinciden en que ha sido el régimen el culpable.  

¿Por qué este tochazo?
Bien, un día leí un tuit de alguien que argumentaba que el ataque fue obra de los "terroristas opositores". Se basaba en el link de rebelión que he puesto más arriba en este post. Mucha gente le retuiteó y todos se quedaron tan descansados.

Este post, aunque no pruebe nada, quiere ir más allá de la noticia. Este tipo de casos quedan resueltos para la mayoría de los mortales en un minuto de telenoticias o en una nota de agencia. En ambos casos se suele decir que una parte culpa a la otra y la otra a la una, pero no van más allá.

Como éste, ha habido muchos casos de masacres en Siria, un país cuyos habitantes están atrapados entre las bombas y mueren a decenas cada día. Sirva este post para homenajear a los muertos anónimos de la universidad y de todos los puntos del país. Que sepan que no nos hemos olvidado de ellos.

martes, 13 de noviembre de 2012

Acorralados en el frente

Publicada en Berria  el 13 de noviembre. Los hechos relatados corresponden al 31 de otubre. Las dos últimas fotos de esta galería de Alberto Prieto ilustran el relato.

Los miembros del batallón Shuhada al Mara'a (Mártires de Mara'a, un pueblo de la provincia de Alepo) eran el miércoles la avanzadilla en el frente norte de Karmal Yabal. El lugar es uno de los principales puntos de fricción entre el ejército rebelde y el regular desde hace semanas, con lo que está totalmente destrozado. No queda una sola casa ni edificio al completo.

El Ejército Sirio Libre parte en esa zona con una desventaja, además de la armamentística, pues el terreno tiene desnivel y debe atacar en subida. La misión es siempre intentar acercarse lo máximo posible al ejército de Assad para poder destruir sus blindados, ya que su infantería apenas hace acto de presencia.

El grupo avanzó al lugar escogido atravesando un complejo laberinto de casas de dos pisos conectadas por agujeros en las paredes. Es la forma de evitar ser vistos y alcanzados. Solo había una dificultad, al final, pues había que cruzar una calle posiblemente amenazada por un francotirador. Pasaron sin problemas. Los chavales, tranquilos y de forma rutinaria, se aposentaron en un pequeño almacén y se dispusieron a comer algo de Humus.

Antes de acabar el almuerzo, unos gritos que decían "Allahu Akbar" (Dios es el más grande), se escucharon en la entrada de la estancia. Un rebelde yacía con la mirada vacía, alcanzado por el francotirador en la parte derecha del pecho, y sus compañeros, sin conocimientos médicos, se dirigían al divino mediante una suerte de extremaunción.

El nerviosismo empezó a adueñarse del batallón, de unos 20 miembros, sabedores de que estaban acorralados. Las dos calles perpendiculares estaban tomadas por tanques y un francotirador vigilaba la única vía de escape, una puerta blanca semiabierta en mitad de la calle destrozada. Una intensa balacera dominó el resto de la jornada, amenizada con cañonazos dirigidos a la parte de la calle opuesta al almacén, pues no tenían línea de fuego directa con el mismo.

Ante la situación, dos rebeldes decidieron cargar con su compañero caído y aventurarse hasta la puerta blanca. En una carrera torpe, cuando estaban a un metro de la salvación, una ráfaga cayó sobre ellos. No resultaron gravemente heridos porque las balas impactaron en el cuerpo inerte, que cayó al suelo mientras los otros dos buscaban cobijo. Sus compañeros, indignados, empezaron a disparar desde la calle sin objetivo en rango.

Tres hombres decidieron avanzar hacia la casa vecina, también a través de un agujero en la parte trasera de la estancia, con la intención de acabar con el francotirador y tirar unas granadas caseras al tanque. No tuvieron éxito. Al cabo de un rato, de nuevo los gritos de "Allahu Akbar" hicieron presagiar los peor. Uno de los expedicionarios, con un tiro en la cabeza, entró a manos de sus compañeros en la estancia dejando un reguero de sangre. Con un pañuelo cubriéndole la herida, su respiración, inconsciente e irregular, mantuvo al grupo decaído durante media hora hasta que se apagó.

El desanimo reinó a partir de entonces en los gestos de los soldados. Rezaban, caminaban, pedían refuerzos. Intentaban buscar alguna solución para cruzar con seguridad. Las horas pasaban y algunos aprovecharon el polvo que surgió del impacto de un cañonazo para correr hacia la puerta, con suerte, mientras los demás buscaban la fuerza para correr. A esas alturas estaba ya claro que la operación había resultado un fracaso.

La última intentona de los rebeldes para despistar consistió en encender un fuego prendiendo una rueda de camión y haciéndola rodar hasta el medio de la calle. El humo, se suponía, creaba una cortina para despistar al verdugo. Pero esas intentonas eran siempre respondidas con balaceras, e incluso cañonazos disuasorios. Uno de ellos, que impactó al otro lado de la calle, hirió levemente a dos rebeldes con la metralla.

Seguía pasando el tiempo y la noche empezaba a caer. No quedaba ya otra alternativa que esperar a la total oscuridad para lanzarse a la carrera por la vida. Así fue. Los soldados, cansados de la situación, decidieron disparar sus RPG (bazocas). Tras la correspondiente balacera, una vez se hizo el silencio, cruzaron uno tras otro al grito, una vez más, de "Allahu Akbar". El francotirador no atinó. Estaban a salvo, pero eran dos menos.

Al menos tres soldados rebeldes más cayeron el miércoles en otros puntos de Karmal Yabal, territorio hostil para sus intereses. Este tipo de misiones, ciegas, son comunes allí y no es raro que se conviertan en ratoneras. Ni la preparación de los combatientes, ni sus armas, ni su estrategia dan para mucho más.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Atacando la mezquita

El 17 de octubre, apenas 10 minutos después de llegar a Alepo, un hombre nos cogió y nos llevó a la mezquita de Nur al Shuhada (Luz de los mártires). Nos encontramos con un hombre atrapado en los escombros, causados por un ataque de artillería del ejército de Assad. A los pocos minutos, otro bombazo sacudió el mismo lugar, lleno de gente.

On October 17th, a man is trapped in the rubble after Assad army's artillery hit the Nur al Shuhada mosque in Aleppo's Shaar neighbourhood. While people is rescuing him, more artillery hits the place.


jueves, 8 de noviembre de 2012

El Hospital

Publicado en Berria el 3 de noviembre

El pequeño Omar es un terremoto y Rashad, su hermana, más bien tímida. Mientras uno corre, grita y juega, la otra coge una escoba y empieza a barrer o busca cobijo a la vera de su madre. Son niños pequeños que hacen todo lo que se supone que tienen que hacer a su edad, pero en un entorno diferente. Viven en un hospital de una ciudad en guerra, un lugar donde cada día muere gente. Los pequeños son la luz en un mundo de oscuridad.

Son cerca de las nueve de la noche de un día cualquiera y el doctor Osman, padre de los pequeños, decide meter en el vestíbulo a un hombre que lleva horas en la calle tendido en una camilla. "Es un vagabundo, lo que necesita son servicios sociales, no un hospital", dice el doctor, medio en broma medio en serio, mientras le introduce una vía para inyectarle suero. "Hace tiempo que ni come ni bebe, no puedo hacer más", cuenta Osman con su habitual gesto, entre cansado y resignado, en el semblante. Un niño con un corte en una oreja que aguanta estoicamente la sutura es el otro paciente que queda en el hospital, el suelo ya está limpio de sangre y nada hace pensar que pocas horas antes ese lugar era la capital mundial de la tragedia, otro día más. 

En las horas punta, el pequeño vestíbulo se convierte en un baño de sangre. La prioridad es salvar vidas como sea, y a otra cosa. Cuando un hombre llega con una pierna unida solo de milagro, se le entablilla, se le venda y se le envía a algún otro hospital, en la ciudad o en otro lugar, donde pueda ser operado. Cuando alguien fallece se le lleva rápidamente al local vecino, morgue improvisada, para que otro paciente ocupe su lugar. No hay tiempo para lamentarse ni camillas para todos.

El Doctor
Hablar con Osman con tranquilidad es complicado. Aun en los ratos más tranquilos, siempre tiene algo que hacer. Es el único médico de urgencias. "Anoche me despertaron dos veces, aunque hay días que consigo dormir tres o cuatro horas seguidas" dice con tono irónico antes de ir a atender a un bebé. A la vuelta, el doctor explica  indignado que la cría tiene síntomas de hemorragia cerebral y que hay que mandarla al hospital universitario. El problema es que tal hospital está en el otro lado, el controlado por las tropas de Assad, y el camino es muy peligroso. "Hemos mandado a tres personas de noche pero les han disparado y han tenido que volver. Aquí no estamos preparados para esta guerra", comenta mientras mira al vacío.

Osman era doctor en un centro cardiológico de Alepo que cerró cuando empezó la batalla en la ciudad. Luego probó en uno infantil, pero cuando visitó el hospital en el que ahora se encuentra y vio "como se atendía a los pacientes en el suelo", decidió quedarse. "Mi mujer pensó que vivimos juntos y moriremos juntos, como en las películas", cuenta para justificar la presencia de su familia en el centro, a la vez que cree que "los niños son demasiado pequeños para entender lo que sucede a su alrededor". 

Para trabajar en el hospital en las condiciones actuales hace falta tener convicción. Osman la tiene y piensa que "la revolución es honesta". Pese a ser una de las personas que más en contacto está con la muerte en Alepo, el doctor no reniega de la situación. "Hemos perdido mucho y estamos sacrificando mucho, pero no aceptamos al dictador", dice con voz apagada pero segura. Muy convencido tiene que estar el doctor Osman para seguir dando su energía para intentar salvar vidas, muchas veces sin éxito. Máxime cuando expresa que cada vida que se le escapa de las manos es porque él mismo ha fallado en su trabajo.

Los demás
Además del doctor Osman, un equipo de una veintena de personas conforma la plantilla del hospital. Pocos médicos, algunos enfermeros y otros que están para echar una mano en lo que sea trabajan precariamente en la planta baja, entre la única sala de urgencias y el vestíbulo. En el sótano se realizan radiografías y el primer y segundo pisos sirven de vivienda. Los demás están inutilizados por la destrucción de los morteros, hasta cinco, que ha recibido el edificio.

Entre los miembros de la plantilla está Hassan, joven enfermero, que si no está ocupado llama a la oración desde el micrófono del recibidor. También está Hamid, que hace las veces de chico de los recados y se ocupa de limpiar la sangre acumulada en el suelo tras los momentos de máximo ajetreo. Hamid tiene 15 años y se niega a irse con sus padres, que viven en un pueblo de la zona controlada por el ejército regular sirio.

También está Zacaría, que lleva el recuento de las víctimas y anota sus nombres. Cuando los muertos no llevan documentación encima y no han venido con familiares, Zacaría les hace fotos y las archiva, para que el día en el que alguien aparezca para preguntar pueda decirle donde están enterrados. Ahmed, siempre atento, viste con atuendo militar aunque hace poco que le quitaron el kalashnikov. Ofrece seguridad y conduce una pequeña furgoneta, coche fúnebre, para llevar a los muertos anónimos al cementerio y enterrarlos en pequeñas fosas comunes.

Son revolucionarios cuyo papel en esta guerra se juega lejos del frente. De todos ellos, solo tres trabajaban en el centro antes de la batalla de Alepo. Ahora son una familia unida por el dolor que lucha cada minuto para que la vida gane la guerra a la muerte.

sábado, 3 de noviembre de 2012

El frente estancado de Alepo

Publicado en Berria el 2 de noviembre

La operación militar de la kativa Ahbab el Rasul (Queridos del Profeta) consiste en hostigar al ejército regular sirio lanzando algunas granadas caseras. Cuando acaba el ataque, los quince soldados rebeldes no saben qué daño han causado a su enemigo, pero se muestran triunfantes y orgullosos de su trabajo. Uno de ellos asegura haber matado a "seis perros de Assad" pero es imposible de confirmar, nadie ha visto al enemigo.

El modus operandi es sencillo. Los rebeldes entran a un edificio de viviendas situado en la calle que controlan, en el barrio de Amariya. Suben hasta el último piso y, desde uno de los apartamentos, acceden al edificio cuya entrada está en zona del régimen mediante un agujero en la pared. Algunos cubren las escaleras del edificio allanado para asegurarse de que los soldados de Assad no suban, otros lanzan las granadas a través de una trampilla en el techo del edificio. Se hace el estruendo cuando algún rebelde empieza a disparar por el hueco de las escaleras, quizás nervioso, pero no hay contacto directo con el enemigo.

La posición que defiende la kativa está situada en el extremo occidental de la zona rebelde de Alepo, en la línea que conforman los barrios de Saif el Daula, Saladino y Sukari. Los hombres de Assad apenas responden a estas operaciones y evitan el cuerpo a cuerpo, aunque intentan castigar las posiciones rebeldes con artillería. El juego se traduce en mucha destrucción urbanística y pocos logros militares. Llevan así semanas.


El norte
Como en el patio del colegio, el líder de la kativa dispone a la veintena de rebeldes en fila india, pegados a la pared. Caminando por un entramado de callejuelas, paredes agujereadas y casas particulares, el grupo llega sin peligros a lo que parece un pequeño almacén textil en el barrio de Karm el Jabel. Una vez allí, el jefe da las últimas indicaciones a sus chicos, espetándoles a usar la lógica para minimizar los riesgos. Empieza lo serio y tienen que cruzar una calle vigilada por un francotirador para continuar con su expedición e intentar crear pequeñas bases fijas. El grupo consigue sortear al francotirador, que dispara a los pies, y se pierde al final de la calle.

Al cabo de un rato, una balacera hace retumbar las paredes en todo el barrio. Jóvenes rebeldes suben a lo alto de un edificio con sus RPG (bazocas) pero no lo disparan, pues no consiguen avistar el tanque de Assad. El monstruo sigue abriendo fuego, pero los rebeldes siguen en sus posiciones, seguros de que no corren peligro. No hay ofensiva y sigue el macabro juego de ahora disparo yo, ahora disparas tu.

El barrio de Karm el Jabel está en una de las líneas más disputadas de la ciudad, junto a los barrios de Arkub, Soleiman Halaby y Bustan el Basha. Los rebeldes aseguran haber ganado algo de terreno en este frente durante las últimas semanas, pero su mantenimiento es complicado. En algunos puntos, intentan rodear a los batallones más avanzados del ejército sirio, que disponen de tanques para defenderse. La geografía de la batalla es aquí irregular, pero se mueve en una franja inamovible. Hoy avanzo yo, mañana avanzas tu.

La ciudad vieja
Para llegar al viejo mercado de Alepo por el éste hay que cruzar una avenida que hace semanas que perdió su alma. Está custodiada por francotiradores de Assad. Solo rebeldes y algunos civiles se aventuran a cruzarla, sabedores de que mucha gente ha perdido allí la vida. Una vez en el otro lado, el panorama es desolador. Todas esas callejuelas del mercado milenario vacías, algunas tiendas destrozadas por los cañonazos de los tanques y el silencio más absoluto que solo rompe el sonido de la batalla. 

Un poco más al oeste la kativa Soleiman Farsi hace semanas que intenta cortar el único salvoconducto de abastecimiento del ejército sirio hacia la ciudadela. "Intentamos cortar el camino desde la mezquita (de los Omeyas, la más grande de la ciudad) hacia la ciudadela, pero ellos avanzan con tanques", explica Abd el Rauf Asman, líder del batallón. La lucha es encarnizada y el ejército de Assad no está dispuesto a perder la ciudadela, puesto estratégico desde el que dispara su artillería hacia los barrios rebeldes y desde donde sus francotiradores controlan 360 grados. 

Al otro lado de la avenida del francotirador, la ciudad vieja es mayormente rebelde. La línea que separa a los dos ejércitos es muy fina, de pocos metros, pero inmóvil. El Ejército Sirio Libre (ESL) tiene bases cada pocos metros custodiadas por dos o tres soldados, que controlan con espejos, e incluso videocámaras, que el enemigo no avance. Los combates en la línea de Qastal Harami son extraños. Solo hay que mantener la posición a la espera de acontecimientos.

Estancamiento
A grandes rasgos, el éste de Alepo es rebelde y el oeste de las tropas de Assad, aunque los primeros se adentren por el sur y los segundos por el norte. Curioso es el caso de los barrios kurdos del norte de la ciudad, que se declararon neutrales y actúan de frontera entre ambos ejércitos. También el caso estratégico del aeropuerto, situado en el sureste y controlado por el régimen, así como las afueras de la ciudad hacia el sur.

Ante toda esta geografía de la guerra, los habitantes tienen claro por dónde se pueden mover y por dónde se arriesgan, aunque los que habitan en los barrios controlados por el ESL saben que en cualquier momento les puede caer un mortero. El martes, en el barrio de Hanano, alejado del frente, un impacto en una panadería causó 20 víctimas mortales, la mayoría trabajadores cuyos cuerpos calcinados quedaron irreconocibles. Los civiles sigue siendo los que más pierden en esta batalla estancada.

martes, 30 de octubre de 2012

Un día tranquilo en Alepo

Publicado en Berria el 25 de octubre

Zacaria yace en una camilla, con el torso desnudo, en medio del vestíbulo de unos de los cuatro hospitales activos en la zona rebelde de Alepo. Tiene una herida de bala en el costado, que le penetró hasta un pulmón. Una máquina le drena la sangre mientras el hombre lucha por mantenerse entero, esperando a que su familia le venga a buscar. Zacaria es un vendedor ambulante herido por un francotirador.


Son las dos y media de la tarde y en el hospital no parece que haya mucha actividad, más allá del ajetreo en el vestíbulo causado por las idas y venidas de soldados rebeldes. El doctor de enfermería Yassin Darwish, de 36 años, tiene tiempo para fumarse un cigarrillo, envuelto en su traje azul manchado de sangre seca. "No hemos almorzado todavía, pero hoy es un día tranquilo", espeta el doctor, quien antes de la revuelta tenía una farmacia y una clínica privada.

Darwish asegura que entre los cuatro hospitales de Alepo hay 10 doctores y un total de 50 personas, que van rotando de centro. "Somos voluntarios, pero hay gente que nos proporciona comida y todo lo que necesitamos", cuenta el doctor, que se resigna cuando piensa que en la ciudad había unos 5.000 doctores. "Me tengo que sacrificar por el futuro de mis hijos", dice confirmando que lo suyo es cuestión humanitaria, pero también ideológica. 

Tierra de nadie
La distancia que separa el hospital del barrio de Saif al Daula, uno de los varios frentes de la ciudad, se puede recorrer en 15 minutos en coche. El recorrido, por grandes avenidas, está libre de atascos. A los lados se observan algunos edificios destrozados por los morteros y muchos cristales rotos. En las pequeñas calles que dan a la principal, los ciudadanos intentan hacer vida normal, los negocios abren y los cafés sirven el té.

Las señales de vida van desapareciendo a medida que el sonido de los morteros y las balas se hace más fuerte y la destrucción más evidente. A dos calles de la avenida que da nombre al barrio, en el recibidor de un edificio de viviendas, se encuentra la comandancia de uno de los grupos que forman el Ejército Sirio Libre (ESL). Algunos rebeldes descansan y custodian el lugar.

"Mataron a nueve miembros de mi familia. Les bombardearon su casa", relata Abu Amar, un fabricante de calzado de 31 años procedente de la ciudad de Al Bab que sirve en una unidad logística. "En un mes y medio que llevo en Alepo han muerto dos compañeros y uno ha perdido la pierna, y eso que raramente disparamos", cuenta en el momento en que estalla un mortero más cerca de lo habitual. "Dios está con nosotros, no tenemos miedo", finaliza mirando al cielo.

Mientras los rebeldes reciben la comida que ha traído Abu Amar, un hombre camina solitario por la calle vacía, vestido con la tradicional túnica árabe y apoyado en un bastón. Son las tres y media de la tarde y Abu Mohamed, de 80 años, asegura que prefiere morir en su casa que en el exilio. "No tengo miedo y tengo a mi familia conmigo", dice el anciano, que en su día tuvo una pequeña fábrica textil. Abu Mohamed explica que de las 12 familias que vivían en su edificio, solo quedan tres. También alaba a los soldados del ESL (quizás porque tiene a tres de ellos a su alrededor), de quienes dice que le traen comida y todo lo que necesita. "Espero que esto acabe pronto", señala no obstante Abu Mohamed, antes de continuar su digno camino en solitario por las calles desoladas. 

El frente
La Avenida Saif el Daula está literalmente destrozada. Ningún edificio permanece intacto y los cables de la electricidad, tumbados en el suelo, se mezclan con la ruina de los edificios bombardeados, montones de basura y alguna que otra barricada en forma de piedras alineadas en medio de la carretera. Para cruzar las calles que desembocan en la avenida hay que correr, ante la amenaza de los francotiradores del ejército regular. Aquí ya no quedan civiles.

Una kativa (grupo de combate) del grupo Ansar el Din tiene su sede en los bajos de un edificio que da la espalda a la línea del ejército de Assad. En el otro lado de la calle, un edificio de viviendas totalmente calcinado y una mezquita con diversos boquetes de mortero que ya no llama a la oración atestiguan la crudeza de los combates.

Mike (apodo con el que es conocido), un activista que se dedica a grabar vídeos de la batalla y subirlos a internet, cuenta que los días y días de combates apenas dan resultados en el terreno. "Aquí se lucha durante días para tratar de controlar un edificio", explica el joven antes de cruzar al trote una calle con su cámara para grabar los efectos de los últimos bombardeos desde una nueva perspectiva. "Esto está muy tranquilo hoy", dice pese a que el sonido de fondo de la batalla apenas se detiene.

"Solo quiero irme de este jodido lugar"
Son las seis de la tarde y está a punto de oscurecer. En una esquina, un par de calles por debajo de la Avenida Saif el Daula, dos chavales con vestido militar y rifles kalashnikov colgando a la espalda charlan animadamente. Tienen 19 años. Uno de ellos, Jatab, de pelo rizado estilo afro, original de Alepo, dice que era rapero, mal estudiante y que sus padres le pidieron que luchase en el frente. 

"Ayer matamos a un francotirador, me sentí bien", asegura Jatab esbozando una sonrisa orgullosa. Los jóvenes han venido a buscar a un miembro de su kativa y regresan al frente de Bustan el Bashar. Antes de montar en la furgoneta, el rapero cuenta que cuando acabe la guerra, si está vivo, se irá a Londres para casarse con una de sus primas. "Solo quiero irme de este jodido lugar", concluye.

Se hace la noche en Alepo. Desde lo alto de un edificio se ven luces sobrevolando la ciudad acompañadas de sonoros estruendos. Las ráfagas no cesan. La noche no será tan tranquila como lo ha sido el día.